JINGLE BELLS






Bueno, para estas fechas, que todo es fiesta, no nos detenemos muy a menudo a pensar que celebramos en Navidad. Para algunos (los creyentes), se celebra el nacimiento de Jesucristo en Belén. Para otros, la llegada del gordito bonachón vestido de rojo que viene a dejar suculentos regalos a los niños que han sabido llevar una buena conducta durante el año. Y para otros, en una especie de cóctel festivo, celebran las dos cosas, cosa muy particular, porque el Niño Jesús queda olvidado en el pesebre justo a las 0.00Hs del 25 cuando lo que importa, obviamente, son los regalos y el eventual brindis.
Soy el menor de cuatro hermanos, y también el menor de todos mis primos. Y como todo niño, yo creía en la venida de Papa Noel, que no se como, caía justo al las 0.00hs del 25 en todas las casas del mundo para dejar los regalos.
Para todas las navidades, las multitudinarias reuniones familiares se ejecutaban en casa de la Abuela. Y ella siempre fue una gran estratega para estas fechas: no sólo se encargaba de la casa, de la mesa, de las luces, del mantel, de las sillas, de los cubiertos, etc., también era la responsable de toda la comida, toda la bebida; y algo más: lo que de seguro más le gusta, la logística de los regalos.
Era condición inviolable que todos llevaran los regalos el día 23: ella era la encargada de esconderlos por todos los huecos del ropero de su habitación, y si los obsequios eran de dimensiones considerables, los escondía debajo de la cama de manera que quedaran invisibles.
Pero de lo que estoy realmente decidido, es que ella era la gran artífice de lo que sucedía “tras bambalinas” cuando ocurría lo tan esperado: la llegada de Papa Noel. Mis hermanos y/o primos (que actuaban de cómplices) eran lo encargados de distraer mi atención: me llevaban afuera con la excusa de ver como Papa Noel venía volando con su trineo. Y yo, que era la víctima de toda esa farsa navideña, los seguía corriendo hasta la esquina, esperando lo que me prometían: ver, aunque sea, el trineo estacionado a la vuelta de la esquina.
Pero todo era en vano; no había ni trineo, ni Papá Noel. Pero al volver adentro el pie del árbol de la abuela (que habrá acompañado a la familia cada Navidad por más de veinte años), estaba repleto de regalos. Papá Noel, según la abuela, había entrado por la puerta de atrás, por el patio, razón por la cual no lo había visto llegar.
Como todos crecemos, y no podemos llegar a los 20 años de edad con la ilusión de Papá Noel, todo esta farsa, todo este gran teatro que a la Abuela siempre le gustó dirigir, fue olvidado y dejado atrás. Ya todos sabíamos quien traía los regalos, ya mis viejos no podían decir cosas como “Papá Noel tenía que comprar regalos para todos”; “A Papa Noel no le alcanzó para lo que pediste”. Ahora eran ellos los culpables de no satisfacer mis demandas desmedidas.
Pero, la vida tiene esas cosas del acontecer que hacen que las familias se agranden, y para la suerte de la Abuela llegaron los bisnietos, y para la mía, los sobrinos. A partir de ellos, todos los años, la abuela pone en marcha la misma logística de siempre, con todo su brillo, y con toda la sorpresa. Y soy yo quien ahora está detrás de bambalinas, para hacer victimas de la fantasía del gordo barbudo a mis sobrinos.
Lo más notable, es que la Abuela no pierde la costumbre: Papá Noel siempre entra por la puerta del patio, mientras que todos vamos afuera esperanzados con la promesa de verlo pasar.







